Observaba cómo su pelo mojado caía liso hasta el comienzo de la parte inferior de su bikini. Aquello, de ante mano, hizo que un calambre se instalara en mi entrepierna. Se encontraba al borde de la piscina, con los brazos cruzados y apoyados en el filo. Los ojos, los cuales no podía ver pero ya me conocía bien, supuse que los tenía cerrados mientras disfrutaba de la armonía de aquella solitaria piscina. Era una lástima no poder obsequiarme con ese color celeste que deslumbraba su mirada cada día. Aun así, me deleitaba con sus magníficas curvas que seguían dándome la espalda, quizá, no conocedoras aún de mi presencia.

Conocí a Adriana en la primera reunión con su padre, con el que meses más tarde hice negocios convirtiéndonos en socios, a día de hoy inseparables. Recuerdo aquella primera cena como algo espectacular. Si os soy sincero, para casi nadie -por no decir nadie- a quien se lo cuente, le parecerá como tal. Porque no pasó nada, absolutamente nada. Aquella sensación solo la viví yo, que me dejé desconcentrar durante toda la comida incluso sin ella ser consciente. ¿Cómo iba a serlo? Por aquel entonces, Adri tenía unos diecinueve años y yo treinta y siete. Era muy mayor para ella y, según su progenitor, muy joven para hacer negocios con él. Aun así, me arriesgué a ofrecerle mis ideas, aquellas que seis meses después triunfaron.

La miré durante mucho tiempo, demasiado. Su sonrisa tímida cada vez que me pillaba observándola y su cabeza gacha fueron lo que me hicieron llegar aquella noche a casa y hacerme una de las mejores pajas que mi polla había probado. Ella no pasó desapercibida para mí, pero yo tampoco para ella, aunque su delicadeza y timidez me quisieran decir lo contrario. Aquella muchacha me miraba con las mejillas encendidas mientras refregaba sus mulos bajo la mesa. A día de hoy, viviendo lo que viví con ella en la piscina, me pregunto si estaban encendidas de vergüenza o del calentón que llevaba encima.

Volvamos a lo que iba: el día de la piscina.

Yo observaba aquella chiquilla que lucía más que bien la mayoría de edad recién estrenada. Ella me ignoraba, como de costumbre, o quizá, simplemente no sabía que me encontraba allí. Me acababa de meter al agua con un licor de hierbas para lograr una buena digestión después de una gran comida de negocios-amistad con sus padres. Estábamos en su casa, en su terreno y con sus padres dentro del chalé. Mi verga, a la que todo eso le daba igual, estaba totalmente erecta, deseando llegar a casa o quedar con cualquier chica para desfogar lo que Adriana, como siempre inconscientemente con su inocencia y timidez, provocaba.

Nunca le di a entender mis intenciones, nunca salieron a flote mis fantasías ni le conté que me la follaría de todas las posturas habidas y por haber. Jamás fue conocedora de mis pajas pensando en ella, pero de igual manera, entre nosotros siempre hubo algo existente, aunque prácticamente inapreciable para cualquier ojo humano que no fuera el nuestro.

¿Qué me impulsó a hacer lo que hice? Pues no lo sé. Quizá la excitación, quizá su bikini blanco, pegado, translúcido… o la razón, que se me congeló a la par que aquel licor de hierbas. Porque ella era una niña y yo estaba metido ya en mis cuarenta años… Además, su padre me mataría si intuyera mis intenciones con su pequeña.

Me arriesgué, necesitando acercarme a ella y, tras dar un sorbo al licor que caló profundo en mis entrañas, sigilosamente me acerqué a la niña del bikini blanco. No se movió ni dijo una palabra. Sé que había notado mi presencia, pero no le incomodó. Seguía apoyada en el bordillo con la misma postura en la que la había observado más de media hora. Me pegué con cautela a su culo mientras la sujetaba por la cintura desde atrás, de manera suave, para ver su reacción. Mi polla rozó sus cachas, arrancando un gemido de mi garganta que acallé por reparo. Muchas mujeres habían caído rendidas ante mí, muchas…, pero ninguna me hacía sentir lo que el contacto de Adriana conseguía. Y ella, en cambio, no hizo nada. Ni para bien, ni para mal: nada. Así que seguí con mi danza mientras mis manos recorrían de arriba abajo el contorno de su cuerpo, mojado por algunos lados, secos por otros debido al sol. Siguió sin reaccionar y me atreví a más.

Tras mirar hacia todos lados y asegurarme que nadie nos veía, restregué mi polla por su culo haciendo que, lentamente, ella lo inclinara hacia atrás para darme una muy buena posición de ese trasero redondo y perfecto. Tras observar de nuevo a mi alrededor, cogí aire en mis pulmones y me agaché bajo el agua. Ya sumergido, aparté las braguitas blancas a un lado y saboreé desde atrás ese estupendo coñito apretado y depilado. No sé si gemía, yo al menos desde mi posición no la escuchaba, pero restregaba su culo por mi cara y se inclinaba hacia abajo en busca de más profundidad por parte de mi lengua, la que invadió su interior enérgicamente todo lo que pudo.

Salí medio asfixiado y más caliente que nunca. Que no me hablara ni hiciera ningún gesto de interés ante lo que yo le proporcionaba y, aun así se dejara hacer, me estaba matando. A mí y al bulto que quería ser liberado de aquel pequeño y atosigador bañador.

No podía más. Notaba mi falo palpitar, mi respiración agitada y unas ganas enormes de sentir cómo su zona apretada complacía a la mía. La giré hasta tenerla frente a mí y agarré su trasero para subirla alrededor de mi cintura.

-Mírame, Adriana -exigí, sin éxito. Aquella muchacha giraba la cara hacia un lado para no encontrarse con mis ojos-. Joder, mírame -volví a ordenarle, esta vez sujetando su mentón y volteando su cara para que lo hiciera. Un gemido salió de sus gruesos labios al hacer aquel gesto y fue el detonante para acabar con aquello que tantos meses me había torturado.

Sus ojos me contemplaron por fin y durante toda la función. Aquel azul se intensificó, dejando atrás todo rastro de la dulce, inocente y tímida hija de mi socio.

Eché su bikini a un lado, que había vuelto a su posición, y la embestí sin miramiento alguno. El jadeo que su garganta exteriorizó hizo que casi la partiera por dentro a embestidas.

No me podía controlar. No me quería controlar.

Por fin la tenía. Por fin era mía, aunque solo fuera un rato, un momento, un desahogo. Apoyé mi frente en la suya y con una mano tapé sus dulces labios para que no emitiera sonido alguno. Aquello la excitó bastante, puesto que noté cómo su interior atrapaba mi miembro, succionándolo y haciéndome morir de placer.

Tuve que controlarme para no correrme en su interior. Ella, en cambio, lo hizo. Se corrió echando la cabeza hacia atrás en el bordillo y gritando inútilmente sobre mi mano que silenciaban aquellos deliciosos gemidos.

Conseguido mi objetivo de hacerla disfrutar, salí de su interior y me derramé en la misma agua que, minutos más tarde, mi socio allanó con su vaso en la mano para hacernos compañía.

Relato perteneciente al libro 22 Gemidos, de Noelia Medina

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Un comentario de “La hija de mi socio

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